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Actualización de madrugada

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Nombre: e-pesimo
Lugar: Cantabria, Spain

miércoles 2 de enero de 2008

FIRMAS: Arcadi Espada, David Gistau, Erasmo, David Torres, Ferrer Molina, Enrique Rojas



ZOOM
ARCADI ESPADA
Edge pregunta

Al principio de cada año se produce un gran acontecimiento en la cultura anglosajona; o, mejor dicho, en la vida social de esa cultura, porque, afortunadamente, hay repúblicas donde hay sociabilidad al margen del excremento rosa. El acontecimiento es la llamada Pregunta del Año que organiza Edge, la web editada por John Broockman que reúne a buena parte de los pensadores más interesantes de nuestro mundo. Las preguntas empezaron en 1998 y la de este año tiene un interés particular: «¿En qué has cambiado de opinión y por qué»? Hay 120 respuestas y participan los grandes nombres de la factoría Broockman: Dawkins, Dennet y Pinker. Algunas respuestas son en sí mismas un pequeño ensayo. La de la psicóloga Rich Harris, que ha dejado de creer en la fiabilidad de la generalización: «Es la excepción y no la regla». O la del antropólogo Scott Atran, experto en terrorismo, que ya no cree que las condiciones sociales o las ideas religiosas y políticas formen a los terroristas. Para Atran, que cita entre sus ejemplos a los condenados del 11-M, es la amistad, la influencia del grupo, los falsos parentescos, los que hacen terroristas. Otro antropólogo, Richard Wrangham, ha introducido un giro sutil en la explicación de la historia evolutiva del hombre: si antes creía que se produjo por la ingestión de carne, ahora cree que el elemento decisivo es la cocina, es decir, el cambio de crudo o cocido. La respuesta del músico Brian Eno, que explica cómo pasó de la revolución a la evolución, y cómo dejó el maoísmo por Darwin; y la de la psicóloga Susan Blackmore, que explica cómo dejó de ser paranormal, tienen también un deslumbrante interés. Eduard Punset es el único español entre los 120: ahora cree que el alma está en el cerebro.

Como señala en su reseña el comentarista científico de The Guardian, las respuestas tienen un punto en común muy interesante: la rapidez y la facilidad con que los científicos asumen las nuevas condiciones que imponen los hechos. Y esta rapidez contrasta con los protocolos que suele poner en marcha la gente de letras (cuya influencia sobre los políticos, incluso sobre los de formación científica, es manifiesta) cada vez que cambian sus opiniones. Una gran parte de científicos vive el cambio de opinión como una alegre victoria de lo real; entre los letristas suele vivirse como una vergüenza. Y ya no digamos en el país del sostenella y no enmendalla, donde como máximo menudean este tipo de personas cuyo carácter me describió una vez el periodista Foix: «Han cambiado sus opiniones; pero da lo mismo: piensan que tenían razón entonces y que la siguen teniendo ahora». Es la diferencia de vivir intelectualmente en el filo (Edge) o con las posaderas maceradas sobre un romo pedestal.

(Coda: «Cuando el pensamiento te hace cambiar de opinión, se trata de filosofía. Cuando Dios te hace cambiar de opinión, se trata de fe. Cuando los hechos te hacen cambiar de opinión, se trata de ciencia». (The Edge Annual Question 2008. http://www.edge.org)



ERASMO
En Sol

Relojeros impecables (Losada) se ensimisman cual orfebres, miniaturistas minuciosos ante el artefacto decimonónico formidable que conjetura tal ficción, el tiempo etéreo, inasible. Cae la bola, castizo Aleph de latón, Péndulo de Foucault autista. Mientras: tele androides, su exégesis necia, risueña, insultarían la inteligencia de un primate, ignoran las distintas voces musicales de repique, cuarto o campanada. Mala uva.

AL ABORDAJE
DAVID GISTAU
Los SMS

A Borges no le gustaba del todo el invento de la imprenta. Decía que ayudaba a que la estupidez llegara a más gente y que además permaneciera durante más tiempo. Claro, esto era la boutade de un esnob reaccionario que usaba los volúmenes de las sagas escandinavas como barricada para protegerse de la calle y al que lo que en verdad molestaba era la degradación a lo popular de la cultura.

A Borges le habrían espantado los SMS en época navideña y en la encrucijada del cambio de año. El teléfono móvil ya había convertido en una amenaza comparable al cobrador del frac a ese pelmazo que antes debía lograr que entraras en su casa para enseñarte las fotos o el vídeo de las vacaciones. Ahora, los lleva encima, no hay escapatoria, y encima en su Egipto no sale Carla Bruni rebosada de lencería. Además, mucho más implacable que la imprenta, el teléfono móvil contribuye a propagar el mensaje y, pillándote a traición con el señuelo de un bip, te hace alcanzable a la cursilería ajena por más lejos que hayas huido para esquivar todo ese amor con el que se trafica sin la supervisión del Ministerio de Sanidad durante la Navidad. De los propósitos de fin de año puede decirse lo mismo que de Judy Garland: diabéticos, abstenerse.

Ante la pantalla del móvil en blanco, conocidos que a primera vista parecían gente normal se transforman o en humoristas fallidos o, los más, en poetas desgarrados a los que ya nunca podrás respetar por un pudor semejante al de haberlos visto desnudos. Los amigos aparecen de pronto como un casting a letrista de las tarjetas Hallmark. Más que a felicitar el año, sus SMS aspiran a ganar un premio de poesía o a convertir el Cantar de los Cantares en un prospecto de laxantes, y encima están tan currados que te sientes culpable al devolverles un simple: «Igualmente. A ver si quedamos». Lo peor es que uno se pasa la cena creyéndose el jurado del Adonais y raptado por unos efluvios almibarados que apenas dejan tiempo para chupar las cabezas de los langostinos. Suena el bip, y hala, otro cursi que se delata con un SMS que vas leyendo con el pavor a que en cualquier momento aparezca la palabra lapislázuli.

Contra los daños colaterales de la imprenta tal y como la veía Borges, el que tenía un remedio infalible era Francisco Umbral: la piscina. Ese campo de concentración ortográfico al que los malos libros iban llegando como en una cuerda de presos o una pasarela pirata. Tentados estuvimos de emular al maestro. Sin embargo, hubimos de reparar en lo caro que saldría arrojar el teléfono móvil a la piscina en cuanto lo hubiera profanado el primer SMS cursi de los muchos que te persiguen en las fechas navideñas y en la encrucijada del año nuevo. Chicos, la próxima vez, con un «Feliz año» yo me arreglo.



A DIESTRA Y SINIESTRA
DAVID TORRES
Incubando alimañas

Si había un asesinato cantado en Pakistán, era el de Benazir Bhutto. Parecía la crónica de una muerte anunciada pero en versión magnicidio. Había que tenerlos bien puestos para volver a un país convertido en polvorín con una diana plantada en la cabeza. Pakistán, el mellizo musulmán de la India, es un rompecabezas de etnias, culturas, religiones y mala leche tan impresionante que a su lado la ex Yugoslavia parece una partida de damas. Los enemigos de Bhutto celebraron su retorno con una traca festiva que barrió más de 100 fichas humanas del tablero.

Ante el espectáculo de unas fuerzas de seguridad cuyo mayor esfuerzo consiste básicamente en bostezar y cruzarse de brazos, Bhutto advirtió bajo cuerda a un periodista que, en caso de morir en un atentado, habría que culpar de su muerte al actual presidente, Pervez Musharraf. Es uno de esos vídeos post mortem, tan tristemente célebres en el mundo musulmán, donde el cadáver nos saluda desde el más allá antes de partir para siempre al paraíso. Pero, a diferencia de los encapuchados que se inmolan al estilo valenciano, Bhutto enseña su rostro y señala al responsable directo de su asesinato. Su testimonio quizá no sirva como acusación pero sí como advertencia y síntoma. Hasta Al Qaeda, un grupo de gentuza que se apunta a un bombardeo, se ha desvinculado del atentado. A Musharraf sólo le queda jugar al pío, pío, que yo no he sido.

La muerte de Bhutto deja a su hijo Bilawal al frente del partido y de un asiento ciertamente peligroso por cuya guillotina política ya han pasado su madre y su abuelo. Heredero de una maldición de sangre familiar, sin embargo no parece que vaya a verla cumplida, porque sus posibilidades de victoria se diluyen a medida que se aleja el olor de la pólvora. Musharraf, con destreza de ofidio, ya juega a retrasar la fecha de los comicios. Con ello, el mayor aliado de EE UU en la zona deja al descubierto una vez más todas las debilidades, vergüenzas y negligencias de la política exterior norteamericana.

Se repite el lema inmortal de Kissinger: «Es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta». La muerte de Bhutto destierra la esperanza democrática de Pakistán. Como el Sha, como Sadam, Musharraf no es más que un hombre de paja, un dictadorzuelo que funciona como un tapón de bañera en un naufragio o una tirita en una masacre. Pan para hoy y hambre para mañana. Con Afganistán ardiendo a un lado, la India mosqueada al otro, China en la chepa y Rusia al acecho, Al Qaeda da palmas como el conejo de Duracell con las pilas a tope.

DE GOLPE
FERRER MOLINA
Las leyes
Como prueba definitiva de que él no es el responsable del asesinato de Benazir Bhutto, de lo que le acusa el Gobierno de Pakistán, Baitulah Mehsud, líder talibán vinculado a Al Qaeda, ha afirmado: «No matamos a mujeres». Vaya. Siempre me ha admirado esa caballerosidad tan militar y gallarda, tan varonil, de mostrar un gesto cortés en medio del peor estercolero del terrorismo o de la guerra.

Somos capaces de degollar a un reo encapuchado y aserrarle el cuello hasta decapitarlo delante de una cámara, podemos meter un camión bomba en un mercado y esparcir los pedazos de los infelices en un kilómetro a la redonda. Pero oiga, nosotros no matamos a mujeres. Claro que en el mercado hay mujeres y niños, pero son víctimas no buscadas, los daños colaterales de la lucha necesaria por una causa justa. También había mujeres en las Torres Gemelas y en los trenes de Atocha. Pero no matamos a mujeres.

Podemos ponerles un burka de los pies a la cabeza, negarles el estudio, prohibirles trabajar e impedirles salir de casa si no lo hacen acompañadas por un varón. Forzarlas a mal ver la vida a través de una rejilla y condenarlas a mal parir en casa porque no les está permitido consultar a médicos. Pero no matamos a mujeres. Porque no puede considerarse matar, sino ajusticiar, lapidar a aquéllas que cometen adulterio. En ese caso, las autoridades sacan por la fuerza a la condenada de casa de sus padres, donde espera el veredicto, se la llevan a un descampado y es machacada con pedruscos de a kilo por el hombre ofendido. No matamos a mujeres. Todo se hace siguiendo escrupulosamente la ley y la religión, que son una misma cosa.

La fusión y confusión entre ley y religión, que tales monstruos alumbra, es lo que hace que a uno le dé un pellizco en la glándula pineal cuando ve a la Iglesia salir de las sacristías para coger la pancarta y reivindicar más presencia pública y normas acordes con su doctrina. No debería ser necesario decir a estas alturas que nada, absolutamente nada, menos que nada, tienen que ver nuestros católicos ni sus líderes religiosos con los talibán. Pero contemplar cómo tres cardenales arengan a las masas en la rúe, en una escena confusa, entreverada de liturgia y mitin político -como la que ha patrocinado Rouco Varela para abrir el año electoral-, no me parece lo más oportuno.

Por supuesto que los cristianos, desde el más humilde al arzobispo de Madrid, tienen derecho a hacer oír su voz. Más si cabe en un país mayoritariamente católico, donde la Iglesia soluciona muchísimos más conflictos de los que sus oponentes le atribuyen y supone un factor de estabilidad. Sin embargo, deben ser otros sus cauces de expresión, que no el megáfono callejero. En un Estado donde han de convivir creyentes, agnósticos y ateos, es bueno no mezclar las tribunas ni las reglas: unos tienen reservados los púlpitos y los otros, los estrados. Unos se rigen por los mandamientos y todos, por las leyes.

TRIBUNA LIBRE
ENRIQUE ROJAS
Voluntad y buenos propósitos

La voluntad es más importante que la inteligencia. La vida, con todos sus exámenes, va dando cuenta de si hemos sabido educarla para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro; la voluntad es, en definitiva, un facultad psicológica que nos mueve a hacer algo. En un lenguaje más operativo diríamos que es una disposición interior para llevar algo a cabo, anticipando las posibles consecuencias, algo más que recurrente siempre en los primeros días de un nuevo año.

La voluntad es, junto a la razón, la facultad más propia del ser humano. Cada individuo es una promesa. Para un niño, un adolescente o un joven, educar la voluntad significa de entrada la negación del instante inmediato y el esfuerzo por no satisfacer lo que está ahí, sino apuntar hacia el futuro. Lo inmediato es superado y rebasado por lo mediato, por lo lejano. El ser humano está siempre en marcha, persiguiendo realizarse a sí mismo. Hay una distinción que se encuentra en el pensamiento clásico, entre desear y querer. Desear significa pretender algo, pero desde el punto de vista afectivo, sentimental: es como una ráfaga que se enciende en nuestros escenarios mentales y que pasa casi sin dejar rastro. Desearía ser más estudioso, más ordenado, aprovechar mejor el tiempo, mejorar mi carácter...; pero en muchas ocasiones se trata sólo de pensamientos pasajeros, que no se traducen en nada. Querer supone buscar algo y poner toda la voluntad en ese empeño; es determinación, empeño, esfuerzo concreto que no se dispersa.

De ahí que se pueda concluir que desea la persona poco madura y quiere la que está más hecha y tiene mas educada la voluntad. La alquimia de los deseos nos hace perder de vista el horizonte y apuntamos a demasiadas metas de forma transitoria, sin concretar.

Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las metas, sin que cunda el desánimo ante las dificultades, sabiendo que todo lo grande es hijo de la renuncia. El que tiene voluntad es más libre y lleva su vida hacia donde quiere. Su aspiración final es la independencia y la consecución de los objetivos concretos que se ha propuesto. El hombre es perfectible y defectible; puede ir hacia lo mejor de sí mismo y también abandonarse y dar una versión pobre, desinflada, sin aspiraciones, tirando de su existencia como se arrastra un peso muerto.

Hay tres etapas importantes a la hora de poner la voluntad por delante en algo que queramos hacer: primera, saber qué objetivo pretendemos y cuáles son los medios con los que contamos para lograrlo; segunda, lograr la determinación rotunda de que esa pretensión no es algo fugaz, sin consistencia (un hombre capaz de obrar así es como una fortaleza amurallada), perserverando en el esfuerzo, sorteando el cansancio y los avatares de tantas circunstancias como antes o después sobrevendrán; y tercera, la puesta a punto. Sólo la voluntad nos determina. Todo progreso personal tiene que contar con este esfuerzo de aprendizaje que la voluntad propone.

El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. Y para mí esto es así porque lleva por delante cuatro herramientas claves: orden, constancia, motivación y la ilusión de llegar algún día a esas metas, alcanzando su cima, cueste lo que cueste. De este modo, la voluntad se convierte en una segunda naturaleza, en un ingrediente recio y compacto que se adhiere a la conducta y obra casi espontáneamente, merced a ese aprendizaje.

La voluntad tiene mucho que ver con la motivación. Estar motivado es querer algo de veras, elegirlo y que merezca la pena la lucha por alcanzarlo. Ahí se produce una secuencia psicológica muy importante. Skinner, uno de los padres de la moderna psicología positivista, decía que toda conducta puede ser cambiada y organizada a través del refuerzo. Por eso algunos le han llamado «constructor de voluntades», merced a las investigaciones llevadas a cabo en Harvard. El comportamiento es una verdadera ingeniería de estímulos y respuestas, basadas en premios y castigos. Gracias al aprendizaje, se va produciendo esto. Los aprendizajes complejos se engarzan sobre otros más sencillos, a través de superposiciones y crecimientos. Así emerge el autocontrol: ese ser capaz de gobernarse a sí mismo, siendo uno cada vez más dueño de su persona y de sus planes.

El que tiene voluntad dispone de sí mismo. Sabe vencerse, es capaz de renunciar a la satisfacción de lo inmediato y tiene visión de futuro. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro, sino después de años de dejadez y abandono o de empuje, desvelos y obstinaciones repetidas en positivo. Aprender a vivir es ser capaz de superar las frustraciones que la vida impone con su devenir, alentados y espoleados por la meta, llegar a encontrarse uno con lo mejor de sí, braceando contra el oleaje que, de frente, impide avanzar.

Sócrates le decía a su amigo Hipócrates lo siguiente: «Sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma». Por eso es tan importante la figura del educador. Se educa más por lo que se es que por lo que se dice. Esto remite a aquel aserto castellano: «El ejemplo es el mejor predicador». Y esto se observa con enorme claridad en la tarea de los padres hacia los hijos. Los primeros no pueden pretender que sus hijos vivan cosas que ellos no practican.

Hoy existe un nuevo educador: la televisión, con una influencia que suele ser dañina, ya que fabrica jóvenes pasivos, incapaces de criticar lo que ven y que se entregan en brazos de la imagen, por una especial atracción difícil de combatir. Surge así lo que yo he llamado la filosofía del me apetece («es que no tengo ganas, es que no me apetece, eso me cuesta, aquello otro no me gusta...»). Por este derrotero se llega a una persona con voluntad débil: caprichosa, blanda, apática, veleta, que gira según el viento del momento, inconstante, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos: en una palabra, una persona sin educar, a merced del primer estímulo que le llega desde fuera y que le hace abandonar lo que estaba haciendo. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce al que lo observa, convertido en un muñeco de las circunstancias, traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante le pide el cuerpo.

Esto se manifestará más tarde en las cuatro notas primordiales de nuestro proyecto existencial: amor, trabajo, cultura y la propia personalidad. En el amor conyugal no llegará muy lejos, pues no sabe lo que es ceder, ni anteponer las preferencias propias a las de la otra persona, ni valorar la importancia del sacrificio gustoso y escondido. En la vida profesional, si no se enmienda, no doblará el cabo de sus auténticas posibilidades, instalándose en la mediocridad.

¿Cómo se puede educar la voluntad? Lo mejor es hacer ejercicios pequeños y repetidos, en los que uno se vence a sí mismo. Entre la voluntad débil y la fuerte, caben distintas posibilidades graduales, cada una de las cuales refleja una trayectoria. Con voluntad, uno puede conseguir que sus sueños se hagan realidad, con sólo perseverar en ellos. Se pueden sintetizar 10 pautas de conducta positiva para ir avanzando en ello.

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence y lucha y cae y vuelve a empezar. Dicho en otros términos, es necesario adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas de forma deportiva y alegre, que vayan inclinando la balanza hacia comportamientos mejores y más maduros.

2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos y estímulos e inclinaciones inmediatas. Y esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que llevar la voluntad que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y poniéndolas en práctica. Esto puede ser expresado en otros términos: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo austero, sobre todo cuando se empieza. La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que nos pide el cuerpo, sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, para ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad.

3. Cualquier aprendizaje se adquiere más fácilmente a medida que la motivación es mayor. Estar motivado es tener el arco tenso para apuntar hacia el mejor blanco. El que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, es difícil que tenga la voluntad pronta y dispuesta para la lucha.

4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es así, y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina. La cabeza no tolera la dispersión de objetivos ni tampoco que se quiera abarcar más de lo que uno puede. Por eso produce mucha paz aplicarse a esos propósitos siendo capaz de dejar de lado todo aquello que aleja de esas metas.

5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, sobre todo en sus comienzos. Los ríos desbordados de la garra juvenil hay que saber conducirlos hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí tiene su puesto la tarea del educador, por un lado, y la de los padres, por otro. Hay que saber que las grandes ambiciones, las mejores aventuras, brotan de un pequeño riachuelo que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no cede ni baja la guardia mientras se insiste en ella una y otra vez.

6. A medida que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar del estímulo inmediato. El dominio de uno mismo se va alcanzando mediante pequeños vencimientos diarios. El desprecio sistemático de las cosas pequeñas es la ruina de la voluntad. Y, por el contrario, la costumbre de vencerse en lo menudo nos va transformando en personas superiores, nos eleva por encima de las circunstancias. Se consigue así una clara aproximación a la felicidad.

Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino más blando, sino que se dirige hacia lo que es mejor. Cuando la voluntad es más compacta, esa persona ya ni se plantea si está cansada o aquello le cuesta, sino que sabe que será más positivo para ella de cara a los planes diseñados.

7. Una persona con voluntad alcanza la metas que se había propuesto, si es constante. He comentado en las líneas que preceden que es menester poner en juego las piezas instrumentales: el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría... Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador que deja en la estacada a muchos perdedores en el ring social.

8. Es importante llegar a una buena proporción entre objetivos e instrumentos. Buscar la armonía entre fines y medios. Intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones. Pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo, poniendo en juego la motivación entrelazada de ilusiones.

9. La voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico. Una persona madura y con un cierto equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia. Por ese camino se llega a la vida lograda, a la felicidad como resultado, a estar contento con uno mismo y con los demás. Por eso la felicidad es una estación a medio camino entre lo demasiado y lo poco. Dicho de una forma más ampliada: la felicidad es un estado de ánimo positivo, al que se llega a través de la mejor realización posible de uno mismo.

10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el hombre es una sinfonía siempre inacabada. Y que además el haber alcanzado un buen nivel, no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar el tejido del proyecto personal. También hay que citar la desorientación de la sociedad actual, tan permisiva y con pocos valores de referencia, lo que impide ver ejemplos positivos a su alrededor que puedan ser servidos como modelos de identidad.

Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. La vida es un resultado, suma y compendio de lo que hemos ido haciendo con ella de acuerdo con un programa previo. El hombre debe convencerse de que la persona que tiene la voluntad consigue lo que quiere. Así de claro.

El que tiene educada la voluntad sabe lo que es la alegría. Sabe que se aprende más bien poco de las victorias y mucho de las derrotas.

La alegría es un puente que está por encima del placer y por debajo de la felicidad. Las tres -placer, alegría y felicidad- forman un tríptico esencial. Y, como telón de fondo, el esfuerzo por sacar lo mejor que tenemos dentro. Dicho de otro modo: la felicidad tiene en la voluntad un puente levadizo que nos abre una puerta importante para alcanzar la mejor realización personal.

Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría y ha publicado recientemente el libro Adiós Depresión

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